sábado















Colecciono barcos descalabrados y los sumerjo en un río de arena
con un sentimiento de abandono
-cual humo lejano en las montañas amarillas de noviembre.
No sé por qué
pero inesperadamente cobran vida,
desarrollan alas y hélices y remontan el vuelo
                alejándose en un eco - río en niebla - hacia las copas de los árboles.
En la orilla se queda una palabra en la boca
y la tibia arena enfangada hasta la rodilla.

jueves

Piedras al vacío IV

Apunto el objetivo hacia la luna
-redonda hoy como lata refulgente de atún-
y sé que no me veo en su influjo.
Me atrae
cual fuerza ingobernable
del imán a la puerta de la nevera.
Mi ojo y su redondez anaranjada y fisgona
son caras de la misma moneda
-falsa, quizás,
o, por lo menos, impenetrable
como un muro sin grietas-.
Retengo a esa luna
no por su belleza abrumadora y permanente,
no por el halo etiquetado en su influjo,
no por asidero y cobijo de poetas.
Esa luna,
-redonda y anaranjada como boya a la deriva-
me retiene en la mirada de esa otra mirada que la mira
lejos
confín o arena o mar o asfalto  adentro
voceando que sin ellos
no soy nada,
nada.



viernes

De "Os camiños do inverno".

                                                      V

                        Cando o inverno petou na negrura
                        da noite
                        eu aínda sentía a brancura
                        dos días prateados.
                              
                               Por iso non chorei
                               a caída das follas
                               abrazada aos castiñeiros.

                        Agora é tarde, si, ben o ves.
                        Esa franxa de noite trae                                                                                                     ulidos de fumes estraños
                        e eu estou baixo as árbores
                        chorando a destempo.

                               Por iso tirarei cara ao bosque
                               onde agardan os ruscos
                               e durmirei ao abeiro
                               de covas esquecidas
                               e ouvearei á lúa coma os lobos da noite.


lunes

Piedras al vacío III

No creas sus palabras.
Mienten como  quien encuentra verdades debajo de las piedras.
Desde que leí en los libros de historia
que las chinches asesinas  adormecen a sus presas
-sí, entre estelas invisibles, en los libros de historia-
con el fin de absorber sus entrañas,
ya no quiero ser escarabajo para su voracidad.
-Aún lo soy,
es cierto,
pero ya no quiero ser-.
Un buen día pagué el peaje desde el que se desvanece el horizonte
y grité con un silencio mudo y atronador
     Que no
     Que no
     Que no
Espero que en un soplo alguien escuche ese eco,
esta subversión.
Un chamarilero, tal vez,
que pase por el camino
con su carga encendida de zapatos para desandar los errores,
de desagües para evaporar las malas lenguas,
de tisanas para restañar infancias rotas,
de vértigos para romper  vallas en el aire,
de pequeños  trastos, en fin,  
que ruedan puñal en mano
hasta aposentarse en la calima final.


sábado

Acaricié las rendijas de los baúles
buscando el reflejo de un cielo
no azul,
un poco tormentoso
con nubes galopando
hacia los confines del mar
-como a mí me gustan-.
No encontré sino
los trapos sucios del pasado.
¿Qué hacéis ahí?
les pregunté.
Solo servís para sacar brillo a la nostalgia.
Y yo no quiero más llave que el roce del silencio en la noche.

                  

Piedras al vacío II

Perdóname, Dios mío, por no haber creído nunca en ti.
Pero es que pertenezco a una generación a la vendieron un dios misericordioso y bueno y justo y comprensivo
y  una se asomaba a las pantallas y veía niños con moscas en la pupila  y madres con miradas perdidas y padres desangrándose bajo un árbol
y resultaba muy difícil creen en un dios misericordioso y bueno y justo y comprensivo
porque si hubiera un dios misericordioso y bueno y justo y comprensivo
-sobre todo justo-
no estaríamos hablando de un dios
estaríamos hablando de un ser humano.
Pero ahora veo barro, latigazos, agua en los pulmones, lágrimas, cansancio, ojos como pinzas
 y creo en ti, Dios mío, señor todopoderoso,
hacedor de la guerra y de la venganza
del dolor y del rencor,
de la indiferencia y del abismo.
Porque si hay un dios vengativo y cruel y rencoroso e indiferente
no estamos hablando de un dios
estamos hablando de un ser humano.
Me gustaría creer en un dios viejo y cansado y derrotado y consciente de su fracaso.
Pero entonces no estaríamos hablando de un dios,
estaríamos hablando de un ser humano
cansado, derrotado y consciente de su fracaso
-tu fracaso-
Y todos tus libros sagrados dicen que te necesitamos,
que no podemos vivir sin ti.
Me lo lanzan a la cara  las cámaras que me vigilan y me muestran fotogramas errantes que alzan sus plegarias a la lluvia
implorando, oh, Dios mío, tu fatal misericordia.

viernes

Piedras al vacío I

Estamos en el infierno y nos gobiernan sus monstruos.
No intentes enfrentarte a ellos,
no conocen el don de la humanidad.
Sus manos tendidas encierran un puñal de mentiras.
Todo hace pensar que su masa encefálica se talló en canteras de granito
-ya no hablemos, entonces, del corazón-.
No permitas que te anestesien con el abrazo de sus palabras.
Si las cuencas  de sus ojos
se clavaran en el mapa de tu destino
te verían como creen que eres:
grano de arena invisible en el desierto,
saltamontes huyendo del dedo que arranca sus alas,
araña ofuscada en los desgarros de su tela,
escarabajo atontado en la felicidad de su colorido.
Sin embargo, no olvides
-muchos ya lo saben-
que un mosquito puede provocar una matanza,
y que una marabunta de hormigas
no es solo ciencia ficción.
Por eso,
no intentes enfrentarte a ellos
-a los demonios voraces-
mostrando tu desnuda soledad.
Recompón la tela, elévate sin alas, desordena tu colorido,
Y entiende –de una vez por todas-
que un grano no hace desierto
pero  una tormenta de arena  retuerce  los caminos
hasta convertir el barro intransitable en salvoconducto hacia el atardecer.